miércoles, 8 de abril de 2009

Road To Somewhere


Hoy amaneció con el trinar de los pájaros. Son las 6:25 de la tarde y ellos continúan con su canto. No sé si se trate de los mismos –no lo creo–, pero escucharlos me genera mucha paz. Y a la par de ese sonido, viene el del viento, un aire necesario para los 32 grados centígrados de una de las primaveras más cálidas que recuerdo en Oaxaca.
Aún hay sol, el perico pareciera que todavía tiene hambre, pues no para de gritar, mi perra duerme, mamá y papá siguen su rutina, y yo, yo estoy en el centro de la que una vez fuera mi casa de infancia, en el patio, escribiendo, mientras veo que un hábil pajarito –acaso alguno de los que trinan desde lo alto del mangal y que aburrido decidió bajar– se roba las migajas que el perico ha dejado caer al suelo.
Recuerdo que más de una vez adopté a “Happiness”, de Goldfrapp, como una de las canciones de mis momentos felices. La estoy escuchando y vuelvo a sentirme feliz, pero ahora entiendo que es porque me transporta justo aquí, a este instante, a mi patio, a los pájaros, al cálido clima de mi casa, de mi hogar.
Y sí, casi todo es felicidad. Casi, porque alguien parece estar despidiéndose de mi, y no, no quiero que se vaya.

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