* El miércoles 22 de abril A enfermó de tos. Llamé a mi hermana (médico-internista) para pedirle consejo. Me contestó, con un dejo de preocupación, lo siguiente:"¿Sabías que hay una epidemia de Influenza que está matando gente? Yo pensé, hasta cierto punto, que era normal, que a lo mejor en un hospital no habían tenido el suficiente cuidado y que ahora muchos estaban enfermos. Dormí escuchando la tos de A. La única preocupación era que se hubiera tomado la medicina recién recetada.
*El jueves 23 de abril, al mediodía, mi hermana llamó a mi celular para decirme que su hospital había empezado una campaña de vacunación, que deberíamos ser parte de ella, que de verdad lo de la Influenza era algo serio. Dormí toda la tarde, hice caso omiso de la recomendación. En la noche le marqué para preguntar cómo iba todo. Ella insistió en la vacuna, comencé a preocuparme. Prometí ir al otro día.
*El viernes 24 de abril, en ningún hospital ponían la vacuna, estaba agotada, sólo en el Español. Mi hermana me llamó de nuevo y me dijo que ya había una larga fila, que no lo pensara tanto, que fuera de inmediato. A y yo tomamos el coche. Llegamos a las 9 am. No fue si no hasta las 12 del día que una enfermera pinchó mi brazo izquierdo. Diez personas después de nosotros, la vacuna se había agotado. Por la tarde se dio la alerta y la confirmación: se trataba de Influenza porcina, de una mutación desconocida. Aunque al principio se dijo que se haría una intensa campaña de vacunación, a los pocos minutos la Secretaría de Salud informó que esto no sería de gran utilidad, pues se trataba de un virus nuevo. Se afirmó, en cambio, que se tenía garantizado el abasto de dos antivirales efectivos, que vacunar no valía la pena. Yo me la puse, nada perdí con esa protección adicional, si no para esta enfermedad aún no descifrada completamente. Por la tarde y noche, al pendiente de las noticias y cuidando a mi enfermito (de tos).
* El sábado 25 de abril fuimos al supermercado. La ciudad estaba semivacía, ahora la mitad de la población tenia un cubrebocas, incluídos los limpiaparabrisas. De regreso, dos pelis en casa: Princesa y Vicky Cristina Barcelona. Todos los periódicos del mundo hablaban de México.
* El domingo 26 de abril amaneció. Me preguntaba si la ciudad seguia vacía. Salí, con cámara en mano, a Texcoco. Conforme avanzábamos al oriente, los cubrebocas disminuían, la gente parecía no tener miedo. Por la tarde, de regreso en el DF, caminé unas cuadras sobre Álvaro Obregón, en la colonia Roma; todos los cafés y restaurantes estaban cerrados. Eran las 6 de la tarde. Soledad. Y la pregunta surgió, ¿qué pasará mañana?, ¿qué debemos hacer?, ¿ir o no ir a trabajar?
* El lunes 27 de abril, por si fuera poco, tembló. 5.7 grados que aumentaron la histeria (aunque luego disminuyó). En la ciudad había una moderada actividad: gente en el metro, metrobús, microbuses, calles, pero no como usualmente se ve. Llegué a la oficina, casi todos teníamos cubrebocas, otros no. Es muy respetable pensar que la situación es parte de un complot ¿gringo?, ¿de la ONU?, ¿de Felipe Calderón y su gobierno con el que no comulgo? ¡Por favor! Cuando se trata de salud, esto se encuentra por encima de todo, así que no ver a un par de personas protegidas me causó cierto recelo. No sabemos de qué se trata y nos hemos descubierto vulnerables, así que seguir las medidas que nos han recomendado creo que es lo más sensato. Lo último, la OMS ha dicho que hemos pasado de nivel 3 a nivel 4 de alerta. Los casos de Influenza porcina (que ya están pidiendo se cambie a "Influenza mexicana o norteamericana" ya se han extendido a varios países (EU, Perú, España, Francia, Australia, Ruisa, entre otros) ¿Qué sigue a todo esto? Mañana no iré a trabajar, tampoco A ni otros amigos. ¿Que si tengo temor de todo esto? Sí, creo que todavía no a un nivel paranoico, pero, ¿quién no tiene cierto miedo frente a lo desconocido?


