domingo, 10 de mayo de 2009

Evocaciones de mayo


Un pastel decorado con mermelada y coco rallado. Flores para todas. Sonrisas. Abrazos. Mesas dispuestas con regalos económicos. Éstas fueron las partes fundamentales de los 17 10s de mayo que pasé antes de dejar mi casa. Los primeros cinco no los recuerdo, pero imagino que fueron más o menos similares, porque la tradición se repetía, sin fallar, año con año. Hubo un par de ocasiones, quizá tres, que un grupo de niños le llevamos serenata a varias mamás de la escuela primaria donde cursé hasta cuarto año. Mi abuela paterna y mi mamá estuvieron incluidas en esos recorridos. Hubo una ocasión en que la serenata fue más personal; esta vez corrió a cargo de los chavos del coro de la iglesia donde canté por algún tiempo. No éramos muchos, así que a mi mami le tocaron unos buenos quince minutos de música.

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Así recuerdo los 10 de mayo, como días felices, soleados y de mucho movimiento (porque en la escuela se organizaba un festival en el que o bailábamos o recitábamos alguna poesía). Previo a que llegara el día, una noche antes, mi hermana y yo buscábamos la manera en que mi mamá no se diera cuenta que le habíamos comprado algo; pero casi siempre nos fallaba la sorpresa... O ella se levantaba antes que nosotros y descubría el regalo, o nos ganaba trayendo flores por la mañana para las mamás que tenía a su alrededor, y de paso compraba algunas para ella, porque en la casa, en mi casa, siempre había flores, y en las ocasiones especiales eran infaltables. Rosas las más de las veces.

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Hoy todo es diferente. Hoy hay que trasmitir el amor con una llamada telefónica. El regalo se pospone, a veces hasta un mes –o dos–. Flores, seguro sigue habiendo. Cierro los ojos y no es tan difícil imaginar que mi madre entra por la puerta cargando un par de docenas de rosas para repartirlas, como siempre lo ha hecho, entre las mujeres con hijos de la casa, con esa sonrisa y satisfacción que, en este día, son inmensas.

10 de mayo de 2009, ciudad de México.

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